Los errores caros que cometí creando mis primeras empresas

Errores en mis primeras empresas - imagen ilustrativa coworking emprendedor

Fundar la primera empresa es como tener el primer hijo: lo haces tan mal que después te avergüenza acordarte. La segunda mejor. La tercera ya empieza a parecerse a algo. Y aún así, sigues cometiendo errores nuevos durante años, porque los problemas que se rompen primero no son los mismos en una empresa de cinco personas que en una de cincuenta o de quinientas.

Llevo varias empresas fundadas, cofundadas o adquiridas. Las primeras —las que documento aquí— me costaron entre todas una cantidad de dinero que prefiero no calcular, mucho tiempo, y dos amistades que se rompieron en silencio. Las lecciones, en cambio, valen más que el coste.

Si estás pensando en montar tu primera empresa, este artículo no te va a dar más motivación. Te va a ahorrar dinero. Que es lo que de verdad importa cuando estás dentro y nadie te avisa.

Error 1: los pactos verbales entre amigos

Mi primera empresa la monté con dos socios que conocía desde la universidad. Repartimos el capital social a partes iguales, trabajamos sin contrato laboral durante los primeros meses, y firmamos los acuerdos importantes con un abogado de la familia de uno de los socios que normalmente llevaba divorcios. Si lees eso ahora, todos los errores futuros están ya escritos en esa frase.

Lo que pasó después es lo previsible: a los pocos meses, las aportaciones de tiempo empezaron a desigualarse. Uno tenía pareja con hijos pequeños y operativamente no podía dedicar lo mismo que los otros dos. No habíamos pactado qué pasaba cuando eso ocurriera. Lo discutimos en una reunión incómoda. Lo medio acordamos verbalmente. Lo dejamos correr.

A los meses siguientes llegó un cliente importante. Discutimos cómo se repartía el beneficio del proyecto: ¿por horas trabajadas?, ¿por capital aportado?, ¿por quién lo trajo? No habíamos pactado eso tampoco. Otra reunión incómoda. Otro acuerdo verbal. Otra ronda de tensión que se quedó debajo de la alfombra.

Al cabo de un año, la empresa generaba dinero, pero los tres ya no nos hablábamos en condiciones. El socio que aportaba menos tiempo exigía igual reparto. Los otros dos queríamos diluirlo proporcionalmente al esfuerzo real. Sin pacto de socios firmado en serio, sin abogado mercantilista de verdad, sin mecanismo de salida claro, todo se convirtió en una negociación emocional que duró meses. Cuando se cerró, habíamos perdido más en abogados y tiempo que lo que habría costado contratar un pacto de socios serio el día uno.

La lección, en una frase: el pacto de socios se firma cuando no hay nada que repartir. Cuando hay dinero, ya nadie firma nada bien. La gente cambia. Los pactos no. Y el amigo de toda la vida no se enfada si firmas, se enfada si no firmas y luego hay que repartir.

Error 2: levantar producto sin validar la demanda

La segunda empresa la hice mejor. Pacto de socios firmado, contrato laboral desde el primer mes, abogado mercantilista de verdad. Pensé que ya tenía el método.

Cometí el error opuesto: organizamos todo bien pero no validamos si alguien estaba dispuesto a pagar por lo que íbamos a construir.

Pasamos meses levantando producto basándonos en lo que creíamos que quería el mercado. Hablábamos con potenciales clientes, sí. Nos decían que era «interesante», también. Lo que no hacíamos era pedirles que firmaran un compromiso de compra antes de que existiera el producto.

Cuando el producto estuvo listo, descubrimos lo que cualquier libro de Lean Startup habría predicho: la gente que te dice «qué interesante» en una reunión no es la misma gente que te firma una factura. Tuvimos producto, equipo y oficina, y los primeros clientes pagando entraron mucho más despacio de lo que la cuenta de resultados podía soportar.

Pasamos casi un año reorientando el producto hacia donde sí había demanda. Funcionó parcialmente —ahí salvamos la empresa— pero el tiempo perdido equivale al dinero perdido. Si hubiéramos hecho cinco pre-pedidos antes de empezar a construir, nos habríamos ahorrado meses de desarrollo y la cuesta arriba de tener que pivotar con caja menguante.

La lección: antes de levantar producto, vende. Si nadie te firma un compromiso de compra, nadie te va a pagar después. No hay excepción a esta regla. Que tu cuñado, tu amigo del gimnasio o tu antiguo jefe digan «yo lo compraría» no cuenta. Cuenta solo el dinero o el compromiso firmado.

Error 3: ignorar la concentración de clientes hasta que explota

La tercera empresa la hice mejor todavía. Pacto de socios, validación de mercado con pre-pedidos, contratación medida, cashflow vigilado semanalmente. Tres aciertos seguidos. Pensaba que ya tenía el método refinado.

Y cometí un error nuevo: concentración de clientes.

Un porcentaje desproporcionado de la facturación venía de un puñado de cuentas. Lo veíamos. Lo medíamos. Lo comentábamos en cada reunión mensual. Y no actuábamos.

¿Por qué no actuábamos? Porque diversificar requiere invertir en captación que tarda meses en madurar. Y todos los meses preferíamos meter ese presupuesto en cosas que pagaban resultados a treinta días. Es una trampa cognitiva clásica: lo urgente come a lo importante hasta que lo importante explota en tu cara.

Explotó. Uno de los clientes grandes cambió de proveedor por razones que no tenían que ver con nosotros. Perdimos en un mes un porcentaje crítico de la facturación. Tardamos demasiado en sustituirlo. Mientras tanto: despidos, recortes, deuda corta plazo a interés malo, conversaciones difíciles con el equipo. Casi quebramos.

Sobrevivimos por una mezcla de suerte y línea de crédito que tenía guardada de antes. No fue mérito. Fue mitigación de daños sobre algo que llevaba meses siendo predecible.

La lección, esta sí cara: la concentración de clientes mata más empresas que la falta de financiación. Si un solo cliente pesa más del quince o veinte por ciento de la facturación, esa es tu prioridad operativa número uno. No el próximo desarrollo. No el próximo cliente grande. Bajar la concentración. Las urgencias del negocio diario te dirán que no es prioritario hasta el mes que se cae el cliente concentrado. Para entonces ya es tarde.

Lo que vi en los tres errores

Hay un patrón común en los tres errores que solo entendí mucho después:

Los tres errores eran predecibles y evitables. No eran «mala suerte». No eran «el mercado». Eran cosas que cualquiera con un poco de experiencia me habría avisado. Yo no tenía a nadie a quien preguntar. O lo tenía y no preguntaba.

El antídoto al fundador en una isla es uno solo: un mentor que haya cometido tus errores antes. Pagado o gratis. Cliente o amigo. Inversor o asesor. Lo que sea. Pero alguien que cuando le cuentes que el cuarenta por ciento de la facturación viene de un cliente te diga «esto te va a matar, arréglalo ahora», en vez de «interesante, sigue contándome».

Yo tardé demasiado en tener un mentor real. Las primeras empresas las hice sin red. La diferencia entre tenerlo y no tenerlo no es un consejo puntual: es la velocidad a la que detectas que estás cometiendo un error. Sin mentor, lo detectas cuando explota. Con mentor, lo detectas antes y todavía puedes corregirlo.

Qué haría diferente si volviera al año uno

Tres cosas, en orden de impacto:

Mentor desde el día cero. Pagado, gratis, lo que sea. Alguien que mire tu negocio con la frescura del que no está dentro. La frescura del externo vale más que diez horas de tu propio análisis interno.

Pacto de socios firmado antes que el logo. Antes que la web. Antes que las tarjetas. Lo primero que se firma es qué pasa cuando alguien deja de aportar lo mismo. Si te parece raro plantear esto al principio, espera a verlo cuando la empresa empieza a generar dinero. Será peor.

Validación con compromiso firmado. Si no consigues que un puñado de personas te firmen una intención de compra antes de levantar producto, no es producto: es hobby caro disfrazado. Y los hobbies caros, en una empresa, son la forma más rápida de quemar capital propio o ajeno.

A quien está fundando ahora

Si estás en los primeros doce meses de tu primera empresa, te garantizo que estás cometiendo al menos uno de los tres errores de arriba ahora mismo. Probablemente sin darte cuenta. La parte cruel del emprendimiento es que los errores se ven claramente solo después, cuando ya tienen consecuencias.

No es para deprimirte. Es para que mires. Diez minutos hoy mirando con honestidad la concentración de clientes, la claridad del pacto de socios y la demanda real validada del producto te pueden ahorrar lo que a mí no me ahorré.

¿Cuál de los tres errores te suena más? Cuéntamelo en comentarios. A veces decirlo en voz alta ya es media solución, y otras veces alguien que pasó por ahí te puede ahorrar los meses que a mí me costaron.


Sobre el autor: Julio Brasa fundó y vendió Sered Hosting a Miss Group. Hoy dirige Grupo Novalca, un holding con presencia en hosting, turismo rural en Galicia, hostelería en Punta Cana y proyectos de IA aplicada a PYMEs.

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